Texto

Saluda del Consiliario

JESÚS CON LA CRUZ A CUESTAS CAMINO DEL CALVARIO

Me permitiréis, queridos miembros de la Real Hermandad de Jesús con la Cruz y Cristo Resucitado que evoque, con estas palabras que con todo cariño os escribo, la imagen que junto al Resucitado, vosotros veneráis en Semana Santa: la de un hombre vestido con una túnica blanca, manchada y ensangrentada, que a duras penas de pie carga una cruz sobre sus hombros doloridos. Una corona de espinas provoca goterones que resbalan por su frente y rostro.

¿Hacia dónde va este Jesús que de pie parece esperar el alivio de la mujer piadosa que conmovida, le limpió su rostro, de sudores, salivazos, lágrimas y sangre? Va hacia el Calvario, el lugar de la ignominia, del final del todo, del máximo misterio que es la muerte.

En vuestra imagen, Jesús acude presto, dispuesto, sabiendo hacia dónde va. Está de pie, aunque se tambalee por el peso de la cruz. Mira hacia delante aunque sabe que su camino sea cuesta arriba y termine abruptamente.

¿Os habéis preguntado por qué Jesús adoptó una actitud tan decidida y valiente? ¿Qué es lo que movió a Jesús a aceptar lo intolerable, a soportar lo insufrible? ¿Qué rendaba en aquella dolorida cabeza de Jesús cuando llevaba la cruz a cuestas?

En las decisiones que Jesús adoptaba, contaba siempre una actitud que era la coherencia: su vida, sus palabras, sus obras seguían una línea muy congruente. Él, pese a ser Dios, no quería liberarse de aquella pesada cruz, ni salvarse de la tremenda muerte que le esperaba. Los treinta y tres años de su vida fueron una apuesta libre y decidida y consecuente por realizar el plan que Dios le había indicado. Sabía que aunque los hombres lo abandonaran, Dios su Padre, nunca lo dejaría sólo. En la medida que él actuaba de ese modo nos explicaría cómo era ese Dios Padre que nos miraba con amor paternal. Igualmente él sabía que todo lo que le estaba pasando era el instrumento de redención y salvación de todos nosotros. Nos salvaba Jesús y a la vez nos indicaba cuál es el camino de nuestra vida: junto a los gozos y alegrías cotidianas, saber también coherentemente, abrazar las cruces y el dolor con coraje, con decisión, con la consciencia de que el mal y la muerte no tienen la última palabra. Ésta es de Dios y la manifestó convirtiendo al Jesús Crucificado en el Jesús Resucitado.
Que estas consideraciones os ayuden a vivir una cristiana Semana Santa.

Vuestro Consiliario:
José Luis Barrera Calahorro
Curá Parroco de Nuestra Señora de los Ángeles